National Novel Writing Month

sábado, noviembre 03, 2018



Seguramente muchos lo saben, pero para aquellos que no, les cuento: noviembre es el mes del National Novel Writing Month, conocido sólo como NaNoWriMo o NaNo. Es un evento internacional en el que escritores de todo el mundo intentan cumplir con la meta de escribir una novela de al menos 50 mil palabras durante los 30 días del mes de noviembre.

Desde hace unos dos o tres años, he intentado lograr la meta de las 50k palabras en el mes de noviembre, pero he comprobado que este mes es el peor para mí. Es cuando más trabajo tengo, cuando más pendientes debo completar o cuando algo ocurre así de improviso, y nunca paso de las 10k en mis proyectos del NaNo. Creo que también influye mucho el hecho de que mis decisiones de participar en el evento son de último momento y termino escribiendo algo sin mucho sentido.

Este año participé en el Camp NaNoWriMo, como les comenté en esta entrada de por acá. Es un evento similar al NaNo de noviembre, con la diferencia de que en el Camp, tú eliges la cantidad de palabras o el tipo de proyecto a terminar. En mi Camp de este año, mi meta fueron 25 mil palabras, que cumplí escribiendo relatos cortos y avanzando con otro proyecto. Algunos de esos cuentos los llevaré a la misma convención que mencioné en la entrada sobre el libro que escribí.

¿A qué viene la entrada de hoy? Pues verán, este año no participo en el NaNo otra vez, pero es más porque hace unas semanas tuve un problema por culpa del estrés (estaba súper tensa y me dolía todo, en especial la espalda y los brazos), y como no quiero estresarme, planeo mejor participar en el Camp del próximo año, quizá con 30 o 40 mil palabras. Aún no sé. Sin embargo, aunque este año no participo en el NaNoWriMo, sí quiero compartirles una parte que me gusta mucho de mi proyecto del año pasado, que aún está inconcluso.


Fragmento del NaNoWriMo 2017

En el camino que tomo para volver a casa después del trabajo, paso por una calle bordeada por un montón de árboles en los que viven cientos de pájaros. En días en los que salgo algo tarde, cuando el sol comienza a meterse, es posible escuchar el constante trinar de los pájaros que regresan a sus respectivos nidos después de un largo día. Mientras camino por aquellas calles, intento descifrar qué es lo que dicen las aves entre sus gorjeos airados y el batir constante de alas. Por alguna razón, me hacen pensar en las vecinas que teníamos cuando yo era una niña y cuyas voces siempre escuchábamos a lo largo del día. 

Aquellas mujeres vivían en la casa de al lado desde mucho antes de que yo naciera. Los recuerdos que tengo de ellas son de sus voces escuchándose a través de sus ventanas abiertas y que llegaban hasta nosotros desde el jardín. Recuerdo que sus voces eran el ruido de fondo en nuestros almuerzos y meriendas. No creo haber prestado atención a sus conversaciones en más de dos o tres veces, no por falta de curiosidad, sino porque cuando hablaban, lo hacían rápido, pisando las palabras de la otra de manera interminable, y pocas veces era capaz de entender qué era lo que había ocasionado la discusión en turno, porque la mayor parte del tiempo sus charlas eran más bien eso: discusiones. 

En algún momento del cual no estoy muy segura, sus voces dejaron de ser motivo de distracción para mí, así como al resto de mi familia parecía no importarle el constante barullo. A pesar de mi mente de niña curiosa, pronto pasaron a ser parte más del ambiente en la cocina, junto con los colores brillantes de las losas y el aroma de la comida preparada por mamá. Había días en los que no era consciente de sus voces hasta que alguna de mis hermanas reía por lo bajo o mamá murmuraba un “ay, Dios, ahí van otra vez”. 

Nunca supe sus apellidos y no estoy del todo segura de si los nombres con los que les hablábamos eran reales, pero para nosotros siempre fueron las señoritas Lina y Dunia. Así, juntas y en plural, porque era difícil hablar de ellas de forma singular, pues si no se la pasaban hablando casi al mismo tiempo, las veíamos salir juntas de su casa por las noches, y regresar por las mañanas con los brazos entrelazados, inmersas en una nueva discusión. 

Las señoritas Lina y Dunia eran dos mujeres más jóvenes que mamá pero definitivamente más grandes que mi hermana mayor, que para ese entonces, y a sus casi diecisiete años, ya me parecía un adulto. Lina era un poco más alta que Dunia, pero eso era algo que casi no se notaba porque Dunia solía usar zapatos de tacón, lo que la dejaban a la misma altura que Lina. Nosotros sabíamos que era más bajita porque las veíamos pasear por su jardín algunas mañanas, y en esos momentos Dunia parecía preferir sandalias y, en ocasiones, hasta ir descalza. Dudo mucho que otras personas supieran cuál era la verdadera diferencia de estatura entre las dos.

Nunca hablé mucho con ellas. Nuestras escasas conversaciones se limitaban a los buenos días o las buenas tardes, dependiendo de la hora en que nos encontráramos. A veces me preguntaban por mamá o por la escuela. Sé que les respondía y sé que, al final, nuestras conversaciones se convertían en una nueva discusión para ellas, quienes pronto se olvidaban de mí y continuaban su camino hablando entre palabras rápidas que nunca me esforzaba por comprender.

En una ocasión, las observé mientras salían de su casa, cuando el sol comenzaba a meterse. Creo que yo tendría unos diez años y aquella era una de esas tardes extrañas en las que prefería pasar tiempo con mamá a jugar con mis hermanas y mis primas, que se habían reunido en la calle para andar en bicicleta junto con otros niños. Dunia tenía el brazo entrelazado con el de Lina y charlaban en palabras bajas, sin signos aparentes de discusión. Mientras caminaban, Lina trastabilló y Dunia la sujetó con fuerza para evitar que cayera al piso. Pensé que alguna haría un comentario que las llevaría a una nueva riña. En vez de eso, Dunia puso los ojos en blanco y acomodó el vestido de Lina, que se había levantado un poco. Lina sonrió como nunca le había visto hacerlo, antes de ser ella quien entrelazara su brazo con el de Dunia y continuar con su camino hasta perderse en la acera.   

Ahora me doy cuenta de que eran personajes fuera de este mundo y que sus constantes discusiones eran su manera de expresar su afecto. Si bien no siempre prestaba atención a sus palabras, sí veía cómo se miraban una a la otra. Aquella ocasión en la que Lina casi tropieza fue solo la primera de muchas veces en las que las observé discretamente. Notaba sus sonrisas divertidas a mitad de las discusiones, como si esos momentos en los que intentaban callar a la otra hablando más fuerte o más rápido, formaran parte de algún extraño ritual que sólo ellas dos conocían. Incluso siendo niña comprendí que se amaban, de una forma que yo no había visto antes y que era poco convencional, pero entre ellas había amor. 

Lina y Dunia se fueron de la casa de al lado después de un tiempo, cuando yo tenía unos trece o catorce años. Se fueron por la noche como hacían siempre y en la mañana no pasó mucho tiempo para que notáramos su ausencia en el silencio extraño que nos acompañó en la mesa. Mis hermanas hicieron algún comentario sobre ellas; mamá respondió de la única manera como podría hacerlo: deseándoles lo mejor, en el lugar en el que estuvieran. Yo guardé silencio, pero pensé que, si estaban juntas, no importaba el lugar, porque siempre serían un plural y eso era lo que importaba. Nunca las volví a ver. 


Creo que por aquí son pocos los que han leído alguno de mis textos, así que: así es como escribo. Pronto les traeré también un fragmento de mi novela corta, para que sepan un poco cómo está narrada la historia y más o menos de qué va. En todo caso, recuerden que pueden agregarla a sus Wish to read de Goodreas si dan clic aquí. Y si hay alguien por aquí en pleno NaNo: ¡mucho éxito, ustedes pueden lograrlo!

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