domingo, octubre 27, 2013

{Relato} Azul de luna

Todo comenzó una noche de otoño. Recuerdo bien aquella noche por un detalle particular: regresaba a casa después de un largo día de trabajo en la biblioteca, cuando hubo un apagón en toda la calle. En las grandes ciudades un apagón en una simple calle no significaría gran cosa, las luces de los edificios vecinos y de los autos al pasar proporcionan suficiente luz para iluminar incluso las calles oscuras. En casa las cosas no son así.

Vivo en un pueblo. No un pueblo como el que se imaginan, con caballos y vacas y quién sabe qué otras cosas. Digamos que el lugar en el que vivo es una zona que se encuentra entre lo rural y lo urbano. Ya saben: no vivimos en la desolación total pero debemos trasladarnos a una ciudad vecina para realizar algunas de nuestras actividades. En fin que yo contaba sobre lo que ocurrió esa noche de otoño durante la cual hubo un apagón.

Cuando la calle se quedó oscura la luz de la luna iluminó todo alrededor. La luz que emite nuestro satélite tiene algo de hipnótico, en especial cuando hay luna llena. Pues bien, esa noche de otoño durante la cual hubo un apagón en mi calle que está en un pueblo no tan pueblo, había luna llena. Quien nunca ha visto la luna brillar cuando no hay luz artificial en las cercanías quizá no podrá entender por qué digo que este brillo hipnotiza. Todo se ve azul, de un azul que sólo puede llamarse azul de luna y aunque es de noche nada es oscuro. Es un brillo frío, casi fantasmal, aunque no por ello menos hermoso.

La mayoría de las personas (y esto lo intuyo porque al menos así ocurrió en mi casa), fueron a dormir apenas dieron las nueve de la noche con el pretexto de que no había nada más qué hacer. Yo, por supuesto, permanecí junto a la ventana de mi habitación, viendo las fantasmales figuras que se deslizaban entre la luz de luna y que no eran sino mis vecinos que regresaban a sus casas. Pasadas algunas horas no había ni un alma en la calle. 

Cuando todo quedó en silencio y me encontré solo en mi apreciación del astro y su brillo, noté que por la calle avanzaba una figura pequeña. Desde donde me encontraba parecía como si se tratara de un niño. Y así debía ser por la manera como saltaba de un lado a otro, tal y como hacían los hijos de mis vecinos cuando salían a jugar.

Intrigado, observé al niño corretear, avanzando rápidamente por la calle hasta quedar frente a mi casa. Quizá más de uno habría sentido miedo al ver aquella aparición pero extrañamente yo no experimenté temor alguno. Sólo una misteriosa curiosidad y ganas por seguir observándole, como si se tratara de un acontecimiento único en mi vida.

Al cabo de unos minutos el niño se detuvo. No podía tener más de diez años, era menudo y tenía el cabello alborotado. Miró a su alrededor y se agachó, abrazando sus rodillas.

—No está —le oí murmurar.

Su voz, aguda y preocupada, llegó a mí como si nos encontráramos uno frente al otro y no a unos cuatro o cinco metros de distancia, separados por el jardín y la reja de mi casa. 

Aun sabiendo que era imposible que me escuchara a través de la ventana cerrada y consciente de que quizá aquel niño no era sino producto de mi imaginación, decidí preguntar.

—¿Qué no está?

El niño dirigió su mirada hacia mi ventana. La distancia que nos separaba no me permitió ver con claridad la expresión de su rostro, pero se puso de pie de un salto y permaneció atento a mí por unos segundos. Quizá dio un paso o dos, acortando la distancia entre nosotros como si fueran sólo unos cuantos centímetros. En ese momento pensé que seguramente sí era una aparición, porque no sólo había aparecido casi delante de mí (ahora sólo nos separaba el cristal de mi ventana), sino porque además había atravesado la reja como si ésta no existiera. 

Y nuevamente, en vez de temor, sólo sentí unas inexplicables ganas de charlar con él. Abrí mi ventana de par en par y me asomé por ella, quedando casi frente a él. 

—Tú no estás —dijo el niño y me sonrió—. ¡Pero sí estás! Llevo días buscándote. Corrí de un lado al otro, busqué entre el pasto y en las copas de los árboles. ¡Y estabas en una casa! Es la primera vez que me encuentro con uno como tú y que sea humano. Si hubiera sabido que sólo necesitaba cortar la telaraña que corre de poste en poste, lo habría hecho mucho antes. 

Entonces se rio. Fue una risa dulce y contagiosa, pues cuando me di cuenta también reía yo. El niño dejó de reír y respiró profundo, recuperando el aire perdido. Yo sonreí. Extendió una de sus manitas hacia mí y se irguió, solemne.

—Ahora tienes que acompañarme y mañana podrás comenzar a trabajar. 

La sonrisa que se formó en mi rostro desapareció al escuchar sus palabras. 

—¿Acompañarte a dónde? —pregunté—. Yo tengo un trabajo: soy bibliotecario. Y no gano mucho pero estoy bien con eso. ¿Cómo te llamas?

—Eso no importa ahora —dijo él golpeteando el piso con sus pies—. Tienes que ir conmigo a la luna. 

Parpadeé asombrado, sin comprender realmente lo que estaba ocurriendo. Lo único que me quedaba claro es que esa noche de otoño durante la cual hubo un apagón en mi calle solitaria, frente a mí apareció un niño extraño que me quería llevar consigo a la Luna.




De sobra está decir que el pequeño tardó al menos una hora en convencerme de salir de casa. Cualquier otra persona habría dado por zanjado el asunto con sólo decir que no y olvidar lo ocurrido, pero toda la situación ya era extraña en sí misma y seguir el juego de esta aparición no me pareció una mala idea. Pensaba que podría tratarse de un sueño, y como tal, no estaría mal seguir al niño hasta donde quisiera llevarme. 

Salí de casa cuidando no hacer ruido para que mi familia no despertara. Al estar fuera, seguí al pequeño, que avanzaba dando saltitos por el jardín. Caminé hasta la puerta que se encontraba en la reja y la abrí con cuidado, pues contrario a él yo no soy capaz de atravesar objetos sólidos. Él caminó delante de mí todo el tiempo, guiándome por la calle curveada que es aquella en donde se encuentra mi casa. 

—La Luna es un lugar bonito —canturreó—, estoy seguro de que no querrás irte después. Todo es azul, como aquí, justo ahora. Así es como debería verse siempre, pero con tantas luces falsas es imposible. Si más lugares permanecieran libres de toda esa luz eléctrica, nosotros tendríamos más lugares en donde jugar.

—¿Quiénes son “nosotros”?

—¡Pues nosotros! —exclamó él y rio. 

Mientras avanzábamos noté que mi calle no era la única cobijada por la luz azul: al parecer el pequeño bribón se había encargado de dejar faltos de electricidad a una buena parte del pueblo. 

—¿Y en qué consiste el trabajo que realizaré? —pregunté al cabo de unos segundos.

—Es fácil: sólo tendrás que cuidar una casa.

—¿La casa de quién?

—La Casa en la Luna —contestó y me miró como si no pudiera creer que le preguntara aquello. Le oí suspirar—. Tu casa. Es lo que pasa cada… —hizo una pausa, pensativo, y al cabo de unos segundos, continuó—: pues cada que tiene que pasar. En la Luna hay una casa: en esa casa vive alguien que se encarga de cuidarla. 

—La Luna es un satélite —respondí a sabiendas de que el pequeño no me haría caso—. No hay vida en ella. Si acaso habrá una que otra máquina dejada ahí por astronautas, pero nada más. 

El niño se detuvo y se giró, sorprendiéndome. Noté su mirada frente a mi rostro, su ceño fruncido y los brazos en jarra. 

—La Luna es más que eso. Eso es lo que los ojos aburridos ven de ella, pero hay más. La Casa en la Luna está destinada a un ser cada cierto tiempo —continuó la marcha, caminando unos pasos delante de mí, llevándome ya por calles para mí desconocidas pero que lucían tan fantasmales como la mía—. Quien la cuida ahora es una criatura a quien conocemos como Kanin —agregó.

—¿Y además de cuidar la casa qué más hace Kanin? 

—Eso no lo sé bien —dijo sincero, encogiéndose de hombros—. Lo mismo que harás tú cuando ocupes su lugar. ¡Hemos llegado!

Al mirar a mí alrededor noté que las calles de mi pueblo habían quedado atrás. En su lugar, me vi rodeado de campo abierto, todo iluminado por el azul de luna. Sólo que el pasto no era pasto y los árboles no eran árboles, parecía que estuviéramos rodeados de objetos hechos de plata que emitían un brillo muy tenue. No creo poder describir aquel lugar. Miré detrás de mí y vi el mismo camino por el que habíamos llegado y que se extendía infinitamente, más allá de donde mis ojos alcanzaban a ver. Y delante de nosotros, siguiendo por la vereda, había una casa. Era grande y parecía vieja, su fachada blanca emitía el mismo brillo que todo alrededor, a ratos blanco, a ratos azul de luna.

Ésa era la Casa en la Luna. El niño me tomó de la mano (hasta ese momento no nos habíamos tocado y su mano se sintió cálida contra la mía) y me arrastró por la senda hasta la entrada de la casa. Las puertas estaban abiertas. Caminamos juntos hasta estar dentro; mientras más nos adentrábamos, más me sorprendía aquel lugar. No sólo los árboles de afuera eran como plata, sino el interior del lugar. Y aunque la luz era fría, el interior era todo lo contrario. Era un lugar acogedor. Extraño, pues jamás había visto algo igual, pero estar ahí se sentía increíblemente reconfortante. 

Permanecimos en la estancia, esperando. Al cabo de un rato, escuché pasos acercándose a nosotros y apareció una figura alargada que bien medía al menos dos metros. Si la altura no fuera suficiente para sorprenderme, la apariencia era aún más impactante. El ser que se acercó a nosotros tenía unas orejas largas que se estiraban hacia el techo, la piel blanca como el papel y unos ojos rojos que me provocaron escalofríos. Era, y no me equivoco al describirlo así, un conejo con cuerpo de humano. 

—Él es Kanin —dijo el niño mirándome sin borrar su sonrisa—, es quien cuida la casa ahora.

Kanin, por ©Zulu Black Power

Miré a Kanin y di un paso al frente, acercándome a él. Se repitió el mismo fenómeno que con el niño cuando éste me visitó en casa: aunque el ser larguirucho sólo había dado un par de pasos, en un instante recorrió los metros que le faltaban para llegar a mí. Me extendió la mano (o la pata, aún no sé cómo llamarle), la cual yo estreché. 

—Un gusto en conocerle, señor Kanin —dije en voz baja. El conejo asintió. 

¡Un conejo! El conejo de la luna existía realmente, aunque no se asemejaba en nada a la forma que podíamos apreciar desde la Tierra. Kanin era un ser viejo, cansado. Algo me decía que podría pasar horas charlando con él y jamás me aburriría. Sus ojos carmesí, por el contrario, eran intimidantes.

—No es muy hablador —sonrió el pequeño y se dirigió a Kanin—. Fue como dijiste: llevó diez días y diez noches pero finalmente lo encontré —me miró a mí y me guiñó un ojo, confiándome en secreto—: Kanin sabe muchas cosas, es un poco adivino. ¡Él vivirá aquí! —exclamó—. Y entonces tendremos con quién jugar y tú podrás descansar. 

Kanin asintió una vez más y me miró. 

—No puedo quedarme —dije al encontrar sus ojos rojos—. Este lugar es interesante pero yo tengo mucho que hacer en casa. No puedo irme simplemente. No es mucho lo que hago, pero mi madre me necesita. Y mis hermanos pequeños también. 

En el rostro de Kanin apareció algo similar a una sonrisa y miró al pequeño.

—Eso también lo adiviné —le dijo. Su voz era grave y áspera. Entonces se dirigió a mí—: Cada que llega un ciclo nuevo un niño lunar se encarga de encontrar a quien cuidará de esta casa —explicó. —No cualquiera puede hacerlo. Sólo los que ven a los niños lunares, que sólo aparecen cuando no hay más luz que la de la luna llena, pueden entrar aquí.

—Me halaga que me consideren para este trabajo, pero ya tengo uno en casa. Soy bibliotecario. Y tengo muchas más cosas que hacer. 

—Nuestro pequeño aquí presente —dijo el hombre-conejo— partió en tu búsqueda antes de escuchar todo lo que debía saber. No se puede obligar a nadie a vivir en la Casa en la Luna, no, pero mi tiempo está cerca de terminar. Soy viejo, he vivido aquí por más tiempo que vidas humanas hay en la Tierra, y estoy agotado. Otro cuidador aparecerá pues unos miles en tu mundo son capaces de ver a los niños lunares. Mi misión entonces es preguntarte: ¿deseas quedarte o regresar a casa?

Me quedé en silencio por lo que parecieron horas. Sentía la mirada del pequeño fija en mí y los penetrantes ojos carmesí de Kanin observándome con detenimiento. 

—No lo sé —contesté. Kanin volvió a sonreír. 

—Tengo algo de adivino —me dijo, repitiendo las palabras del niño—, y sé que ya tomarás tu decisión, cuando llegue el momento. Adiós.

Y así como apareció, se fue. Sentí una mano pequeña tomar la mía y caminé junto al pequeño para salir de la casa. Eché un último vistazo a mí alrededor, descubriendo muebles que antes no había visto, y adornos de cristal, un reloj de arena junto a una ventana y un espejo que no reflejaba lo que se encontraba frente a él. Mientras caminábamos hacia afuera todo alrededor fue perdiendo brillo, lentamente, hasta apagarse por completo. 

Cuando abrí los ojos, descubrí que el sueño me venció mientras observaba por la ventana. El sol ya comenzaba a aparecer en el horizonte y el canto de los pájaros anunciaba un nuevo día. Todo había sido un sueño: el niño, el viejo Kanin, mi supuesto futuro trabajo como cuidador de la Casa en la Luna. No obstante al bajar la mirada descubrí una hoja de papel arrugada, con algo garabateado en ella: 


Así es como llegué a este momento. Han pasado meses desde mi encuentro con el niño misterioso, aquella noche de otoño después del apagón en mi calle que está en este pueblo. Aún tengo cosas que hacer. Me he deshecho de muchos objetos que no podré llevar conmigo, he conseguido otros que, me parece, necesitaré. Kanin dijo que tomaría mi decisión llegado el momento y eso he hecho: lo hice al despertar. 

Escribo esto porque es más fácil que contar la historia una y otra vez. No espero que lo entiendan al leer. Quizá me creerán loco o insistirán en que todo lo que me ocurrió fue un sueño. Mientras, yo espero por otra noche azul de luna en la que haya un apagón, y a mi pequeño guía para que me lleve a mi nuevo hogar.

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